
Al final del día me preguntaste:
Que te enamoró de mi?
Y no supe que responderte…
Y con esa ausente respuesta fue como di fin a nuestra historia… con el golpe más bajo, con algo que no existía, sin poder justificar lo que sentía… yo sabía que lo sentía, sabía que estaba ahí, porque lo que experimentan los sentidos tiene que ser real de una u otra forma, o hasta ciertos límites. Sin embargo, mi silencio produjo desconfianza en tu compleja retícula de raciocinio, que tal vez, buscaba una respuesta que convenciese tus caprichos de género.
Nuestra historia lapidada por mi falta de conocimiento acerca de cómo racionalizar el sentimiento, o de cómo reconocer cuando es amor verdadero. Después de varias relaciones, entendí que, aunque lo llegue a creer, nunca había amado a nadie más, solo a ti. ¿Qué como lo supe?
Un día, lucubrando simplemente. Fue en uno de esos días donde el delirio que provoca el calor es análogo a una droga psicoactiva, y parece ser éste el responsable de respuestas tan espontáneas pero tan elevadas como las que provoca la misma cannabis correctamente usada.
Caí en cuenta de que aun no tenía la respuesta que tú buscabas y la que querías escuchar, pero tenía una mejor, y esta es: Que en realidad, yo no me enamore de tus cualidades, yo me enamore de ti.
Cuando esta respuesta llego a mi mente, yo se que no fue producto de mi racionalización o de sinapsis bizarras que diéranme esta respuesta, fue mas como un flashazo de alguna cámara fotográfica dentro de mi cabeza que amedrentó y expulsó mis murciélagos internos.
Y fue así como comencé a racionalizar lo que antes creía ininteligible, el amor. Aun creo que el amor, como el sentimiento más puro y la fuerza más poderosa del universo, sigue siendo ininteligible, pero es como una gran célula madre que se desarrolla con procesos dicotómicos, los cuales, ya pueden ser racionalizados. Bien dijo algún día el físico, matemático, filósofo y teólogo Blaise Pascal, que el corazón tiene razones que la razón no conoce. Y hasta ese día, comprendí seriamente porque.
Las personas acostumbran enamorarse de otras personas, y tienen definido como quieren que sea su pareja, con ciertas cualidades físicas, sociales, espirituales, intelectuales y por supuesto económicas. Y esta cualidad es la clave: cualidades.
Y son por estas cualidades que la gente elige a sus parejas. Y es por esta misma razón que existen tantas rupturas, desengaños e infidelidades. Cuando la persona en cuestión, conoce a otras con las mismas cualidades que su pareja, o con las cualidades aun más desarrolladas, o aun mejor, con las que ya tiene su actual pareja y con otras más, es cuando comienza el idilio con finales infinitos.
También puede suceder que sólo en el flirteo, coqueteo, conquista, ligue, etc. los individuos traten de ganarse el merecimiento de ser amados, exaltando sus virtudes y minorizando sus defectos, o permutando unos por otros, y es como un oasis en el desierto, pero después toman conciencia de que solo fue un espejismo.
El punto es, las personas no se enamoran de otras personas, las personas se enamoran de algo más abstracto como lo son las cualidades. En este punto, Erich Fromm tenía razón en su teoría del mercado de la personalidad. El enamoramiento funciona igual que el trueque en el mercado, que la ley de la oferta y la demanda. Yo ofrezco mis cualidades y veo quien tiene las que yo quiero y no poseo y viceversa, y así nos complementamos, pero tal vez en alguna ocasión encuentro quien me ofrezca lo mismo y pida menos, o que me lo ofrezca en un empaque mas agraciado.
Es por esta razón, mi amor, que yo no puedo responderte que fue lo que me enamoró de ti, porque no me enamoré de tu bellos ojos castaños, o de tu inefable sonrisa o de tu perfectamente delineada nariz, ni tampoco me enamoré de tu sencillez, o de tu alegría, o de tu gran inteligencia, yo, simplemente, me enamoré… de ti.
Que te enamoró de mi?
Y no supe que responderte…
Y con esa ausente respuesta fue como di fin a nuestra historia… con el golpe más bajo, con algo que no existía, sin poder justificar lo que sentía… yo sabía que lo sentía, sabía que estaba ahí, porque lo que experimentan los sentidos tiene que ser real de una u otra forma, o hasta ciertos límites. Sin embargo, mi silencio produjo desconfianza en tu compleja retícula de raciocinio, que tal vez, buscaba una respuesta que convenciese tus caprichos de género.
Nuestra historia lapidada por mi falta de conocimiento acerca de cómo racionalizar el sentimiento, o de cómo reconocer cuando es amor verdadero. Después de varias relaciones, entendí que, aunque lo llegue a creer, nunca había amado a nadie más, solo a ti. ¿Qué como lo supe?
Un día, lucubrando simplemente. Fue en uno de esos días donde el delirio que provoca el calor es análogo a una droga psicoactiva, y parece ser éste el responsable de respuestas tan espontáneas pero tan elevadas como las que provoca la misma cannabis correctamente usada.
Caí en cuenta de que aun no tenía la respuesta que tú buscabas y la que querías escuchar, pero tenía una mejor, y esta es: Que en realidad, yo no me enamore de tus cualidades, yo me enamore de ti.
Cuando esta respuesta llego a mi mente, yo se que no fue producto de mi racionalización o de sinapsis bizarras que diéranme esta respuesta, fue mas como un flashazo de alguna cámara fotográfica dentro de mi cabeza que amedrentó y expulsó mis murciélagos internos.
Y fue así como comencé a racionalizar lo que antes creía ininteligible, el amor. Aun creo que el amor, como el sentimiento más puro y la fuerza más poderosa del universo, sigue siendo ininteligible, pero es como una gran célula madre que se desarrolla con procesos dicotómicos, los cuales, ya pueden ser racionalizados. Bien dijo algún día el físico, matemático, filósofo y teólogo Blaise Pascal, que el corazón tiene razones que la razón no conoce. Y hasta ese día, comprendí seriamente porque.
Las personas acostumbran enamorarse de otras personas, y tienen definido como quieren que sea su pareja, con ciertas cualidades físicas, sociales, espirituales, intelectuales y por supuesto económicas. Y esta cualidad es la clave: cualidades.
Y son por estas cualidades que la gente elige a sus parejas. Y es por esta misma razón que existen tantas rupturas, desengaños e infidelidades. Cuando la persona en cuestión, conoce a otras con las mismas cualidades que su pareja, o con las cualidades aun más desarrolladas, o aun mejor, con las que ya tiene su actual pareja y con otras más, es cuando comienza el idilio con finales infinitos.
También puede suceder que sólo en el flirteo, coqueteo, conquista, ligue, etc. los individuos traten de ganarse el merecimiento de ser amados, exaltando sus virtudes y minorizando sus defectos, o permutando unos por otros, y es como un oasis en el desierto, pero después toman conciencia de que solo fue un espejismo.
El punto es, las personas no se enamoran de otras personas, las personas se enamoran de algo más abstracto como lo son las cualidades. En este punto, Erich Fromm tenía razón en su teoría del mercado de la personalidad. El enamoramiento funciona igual que el trueque en el mercado, que la ley de la oferta y la demanda. Yo ofrezco mis cualidades y veo quien tiene las que yo quiero y no poseo y viceversa, y así nos complementamos, pero tal vez en alguna ocasión encuentro quien me ofrezca lo mismo y pida menos, o que me lo ofrezca en un empaque mas agraciado.
Es por esta razón, mi amor, que yo no puedo responderte que fue lo que me enamoró de ti, porque no me enamoré de tu bellos ojos castaños, o de tu inefable sonrisa o de tu perfectamente delineada nariz, ni tampoco me enamoré de tu sencillez, o de tu alegría, o de tu gran inteligencia, yo, simplemente, me enamoré… de ti.

